Mi padre: ¿un asperger?

De naranja y rojo

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Lo verdaderamente llamativo de mi padre eran sus ojos. Oscuros, profundos y muy brillantes. Los tengo en mi mente, siento cada día que me siguen mirando. Sentiré cada día que están conmigo. Hasta que ese día sea el último. Para mí. Porque hace tiempo que él ya no está.

Mi padre era serio, circunspecto. Decían que nunca nadie le había visto reír a carcajadas. Yo compartí cuarenta y cinco años de vida con él, y hasta donde llega mi recuerdo, nunca le vi reír. Sonreír, sí, casi a escondidas como avergonzándose de ello. Sin embargo no era triste, y siempre irradiaba una seguridad que resultaba con frecuencia irritante. Decía lo que estaba bien y lo que no; lo que se debía hacer y lo que no. Y daba por hecho que cada engranaje de su maquinaria familiar tenía que funcionar como se esperaba. Dirigía la casa con la mirada. Con…

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